LA OTRA DESNUTRICIÓN: CUANDO AL CEREBRO LE FALTA AMOR

Imagen referencial elaborada con IA

Si bien una decisión política redujo la desnutrición crónica hasta 30 puntos en poblaciones vulnerables hace algunos años. Hoy el desafío es combatir una carencia igual de crítica, respaldada por la neurociencia: la falta de interacciones afectivas que construyen el cerebro en la primera infancia.

La batalla más importante por el futuro del Perú no se libra solo en los consultorios contra la anemia. Se libra en el silencio de una habitación, cuando un bebé llora y un cuidador, exhausto, no puede responder con una mirada o una caricia. Esa falta de respuesta es, para la neurociencia, una hambruna neuronal tan dañina como la falta de nutrientes. Mientras el Estado peruano demostró hace algunos años que puede reducir la desnutrición crónica -hasta 30 puntos en el segundo quintil más pobre-, especialistas alertan sobre una crisis paralela: la «desnutrición» de estímulos y afecto que, según la ciencia, frena el desarrollo de miles de niños, incluso donde llegaron los programas de salud.

Esta historia tiene un capítulo de esfuerzo técnico notable. El Dr. Luis Cordero, revela la magnitud del logro: en el quintil más pobre, la desnutrición crónica infantil se desplomó 24 puntos porcentuales en 8 años. Pero el caso más elocuente fue Huancavelica, el departamento más pobre del país, donde la reducción fue de 19 puntos en sólo tres años. «Esta caída sin precedentes estuvo precedida por el rápido incremento de coberturas de intervenciones clave donde se concentró el presupuesto», explica Cordero. La vacunación contra neumonía y diarrea, junto con los controles de crecimiento (CRED), se dispararon en las zonas más vulnerables. Sin embargo, el propio Dr. Cordero admite que este progreso se estancó después del 2016. La lección fue clara: el Estado puede ser eficaz, pero la sostenibilidad exige una voluntad política constante.

Esta imagen movilizó al Estado peruano a todo nivel para luchar contra la desnutrición crónica. “cada vez que veo estas imágenes se me pone la piel de gallina” señaló Luis Carranza Ministro de
Economía en el 2008.

Hay vínculos que el Estado no puede comprar

Sin embargo, ese avance en indicadores de salud no basta. Aquí es donde la ciencia del desarrollo cerebral amplía la mirada. La Lic. Patricia Misiego, especialista en educación, y la psicóloga Priscila Pumarado, del Centro de Desarrollo Infantil de la Universidad de Harvard, explican la otra cara de la moneda con evidencia contundente. «Podemos tener a un niño bien alimentado, pero si está expuesto al estrés tóxico de la indiferencia o la violencia, su arquitectura cerebral se resquebraja», señala Misiego. 

Este no es un concepto abstracto. Pumarado lo fundamenta: «En los primeros años de vida, el cerebro forma más de un millón de nuevas conexiones neuronales por segundo. Esa arquitectura se construye con las experiencias». La clave es lo que los científicos llaman «servir y devolver»: interacciones recíprocas y sensibles como un balbuceo respondido con una sonrisa. Estos intercambios son el nutriente esencial para las neuronas. Su ausencia, así como la exposición a un estrés tóxico (adversidad fuerte, frecuente y prolongada), no solo causan trauma psicológico; dañan físicamente el cerebro en desarrollo y aumentan el riesgo de enfermedades cardíacas, diabetes y depresión en la edad adulta.

Cuando el  entorno sabotea el desarrollo

El panorama se complejiza cuando ambas miradas se cruzan. La reducción de la desnutrición se frenó, y nuevas amenazas emergen. La Lic. Misiego amplía la crisis: «Hay un retroceso alarmante en vacunación en la región. Y hay un enemigo cultural más arraigado: el 62% de los niños en América Latina sufre disciplina violenta». Pero el modelo «Lo que nos rodea nos forma», presentado por Pumarado, va más allá: el desarrollo también lo sabotean un entorno ambiental tóxico (contaminación del aire, calor extremo) y sistemas injustos (pobreza, exclusión). La normalización del golpe, sumada a la pobreza de tiempo de los cuidadores y a la crisis climática, crea una «tormenta perfecta». Un niño que superó la desnutrición pero vive en un entorno emocional y ambientalmente pobre, difícilmente desarrollará todo su potencial.

La conclusión de los expertos apunta a una síntesis urgente. La lección del «Presupuesto por Resultados» es que la rectoría técnica y la voluntad política dan frutos. El siguiente paso es que esa eficiencia estatal se sincronice con las familias, reconociendo el rol neurobiológico del cuidador. «Frente a la adversidad, la ciencia es clara: la presencia de un adulto sensible actúa como un ‘antídoto biológico’”, explica Pumarado. Un cuidador que calma y contiene puede evitar que el estrés se vuelva tóxico, protegiendo el cerebro del niño. Por ello, la Lic. Misiego enfatiza: «Si el cuidador principal está colapsado por la pobreza o el estrés, no hay política que funcione. Necesitamos políticas de apoyo parental reales, como permisos de paternidad y espacios de lactancia». 

Misiego además presenta cinco componentes o factores protectores clave para el desarrollo infantil. Estos componentes —buena salud, nutrición adecuada, protección y seguridad, oportunidades de aprendizaje temprano y atención receptiva— actúan como pilares que, en conjunto, mitigan riesgos y crean condiciones favorables para que niñas y niños desarrollen su máximo potencial, especialmente en contextos de vulnerabilidad. Su enfoque integral resalta que no son elementos aislados, sino interdependientes y necesarios para un desarrollo pleno.

Es por eso que el  futuro de la primera infancia peruana depende de esta alianza inédita: la que une la capacidad de mover recursos del Estado con la capacidad de generar vínculos protectores en cada hogar. La batalla contra el hambre de alimentos tuvo avances. La batalla contra el hambre de afecto y atención, respaldada por la neurociencia, es la más urgente y compleja.